Miguel Ignacio del Valle Curi, periodista, poeta y ecologista. Sin concesiones.

Miguel Ignacio del Valle Curi, periodista, poeta y ecologista. Sin concesiones.

ESTATURA VISIONARIA
“Yo no me enojo, me indigno”.
Miguel de Unamuno.

El hombre tenía puesta una boina vasca, de color negro. Cubría su calvicie creciente y
dejaba entrever sus cabellos escasos, casi hebras de pelusa, en su costado y en la nuca. 

 

Le dijo a la mujer que manejaba el automóvil, entre sonriente y fatigado: “Gorda, cantemos
unas zambas”. Comenzó a entonar, y luego, ella, lo acompañó, en dúo unísono. Ambos,
memoraron canciones natales, durante todo el trayecto, sin descanso alguno, hasta el
aeropuerto de Resistencia. La mujer que conducía un Fiat 600, color tiza, rodado 1975, era
Zulema Dolores Leguizamón de Ortega, mi madre; mientras que su animoso pasajero
canoro era Miguel lgnacio del Valle Curi.

 

Ese fue uno de los varios viajes que cumplió el Turco a Buenos Aires, en su batalla decisiva
con un cáncer que no derrotó su estatura de esperanza. Imagen de agonista unamuniano,
que lucha desde la vida contra la muerte, y asume el sentido del combate como destino de
su existencia. El resto, suprema decisión, se halla fuera de la órbita de la criatura terrestre:
luchar, es su deber.

 

Su corta vida intensa, signo de fogata lúcida, tuvo la candente circularidad de aquellos
rituales fraternos en torno al fuego atávico, donde los hombres, radios de su resplandor,
están unidos a su energía primordial. Miguel desvivió y desnació en coherencia -herencia
compartida con su tiempo- de centinela del fuego. Su vigilia de ígnea pasión y de áurea
razón, tuvo el signo de la ardiente idea o del pensamiento alumbrado.

 

Lo conocí, en 1975, durante mi bautismo periodístico en el diario Crisol, junto a Adolfina
Mondín, Oscar Delfino D’aroz, Eduardo López, María Cristina Matta, Juan Antonio Ojeda,
Luis Alarcón, Hugo Dedieu, Jorge Viñuela, Mario Álvarez (El Oriental), Eduardo
Martínez, Norma Almirón, Alfredo Scheffer, Isidorito Salvatierra, Luis Molina, Jorge
Goyanes y Julio “Bocha” Pereyra, fusilado, el 13 de Diciembre, del año siguiente, en
Margarita Belén.

 

La música y la poesía, la política y el periodismo, fueron el astrolabio de nuestra bitácora
de imaginistas, donde ciframos los signos ardientes de una década vertiginosa y fascinante.
Cantábamos, constelados y fraternales, al milagro de la belleza, cotidiana y “buscable”,
para exorcizar los siniestros lebreles del bestiario, inminente.

 

Época de vinos, rosas y amigos: la noche, orfebre de estrellas, nos enjoyó de rocío y nos
coronó con el diamante insomne del lucero. Memoro y enumero, como un cronista
borgesiano, las vigilias de Whitman, Kayham y Tejada Gómez; la lectura de sus poesías, de
pie, al modo de un bardo montaraz; la serenata, imprevista, con Argentino Luna, en su
Chevy anaranjado, a mi abuela santiagueña; la travesía, dilatada y discursiva, hacia el
Festival del Guardamonte, en Juan José Castelli, a bordo de su Peugeot blanco, con

Manolo Bordón y Marcelo Simón; el tango Tinta Roja, entre el Pompeya, de Pichuco, y el
Pinedo, de Peteco; la cálida empatía con Marcos Citrymblum y Jorge Gottling; Ia
admiración respetuosa por Anselmo Duca, Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio; la trilogía
silvestre de mosqueteros montaraces: Piti Canteros, Bagual Fuentes y Oscar D’aroz; Ia
frecuencia continua de Jorge Amado, André Malraux y Mario Nestoroff; la oficina de la
corresponsalía de Clarín, plena de flores y libros, mapas y mates, en la calle Juan Bautista
Justo; la madrugada reflexiva en la casa de Danilo Marcón; la zamba María de Campo
Largo, que urdimos una tarde y el arduo amor por su esposa, Ilda María Zaizer (Gringa);
por sus hijas, Selva Yesmín y Liliana Amalia; sus hermanos, José Abib (Yaro), Arturo
Felipe (Ipi), Yesmin Tamar (Mini), Javier Buenaventura (Bochi) y Jorge Eduardo (Pelusa),
a quienes crió y educó al morir su madre..

 

El genotipo de la chaqueñidad marcaba sus horas y sus obras con un desvelo urgido y
urgente, propio de un misionero y de un visionario. Su experiencia primera de
guardabosques le amplificó una perspectiva ecológica, embrional y temperamental, que
defendió a la manera de una cruzada por el medio ambiente.

 

Pocas veces conocí a un hombre que reuniera la intuición y la proyección con el vigor y el
rigor de su certera empresa, ofrecida sin condiciones, pero sin concesiones. La potencia,
ignota aún, del Mercosur, ya, pre existía en sus cavilaciones geopolíticas; el enclave
estratégico del Norte Grande lo percibía, inexorable; y la Cuenca del Plata la concebía
comarca estratégica y llave de ingreso al escenario, inconcluso, de la Gran Patria
Sudamericana.

 

“Lo cercano, aleja”, sentenció Wolfang Goethe. Miguel, estaba, demasiado, cerca de
nosotros para dimensionar su mirada anticipatoria; fuimos, demasiado, inmediatistas para
entender su agudeza intelectual. La perspectiva de los acontecimientos, observados en la
claridad contemporánea, le otorga paulatina consistencia a su profético impulso.

 

Por cierto, hicimos esfuerzos inversos y contrarios a sus propósitos ejemplares. 

 

La vergüenza cívica de Curi no hubiera soportado el estado de anomia ética del Chaco ausente y precipitado. Debemos honrarlo, honrandonos.

 

BOSQUIN ORTEGA

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